Atarse las botas
Me encantan las botas o botines con cordones, tienen un encanto indefinible, y en su diseño siempre reúnen recuerdos de otras épocas; el Can can y su punto provocativo; las institutrices malas, las niñeras buenas con paraguas, los caminantes sin rumbo y sin dinero, los colegiales de los años 40, la niña de La Casa de la Pradera, las damas dieciochescas…
Lo que para algunas resulta pesado y poco práctico: el hecho de pararse cada mañana un ratito para atarte los cordones de tus botines a mí me gusta. Es como el toque final antes de partir, un momento forzoso de relax entre las prisas de vestirse y arreglarse y las prisas de lo que te espera ahí fuera el resto del día. Es como decir: Hagamos un inciso, llevemos a cabo un ritual antiguo y pasado de moda que por fuerza obliga a tomarselo con calma. Los pensamientos que surgen mientras se anudan unos cordones pueden ser muy provechosos. En ese momento que puede llegar a ser tan beneficioso como una buena postura de Yoga, quizá recuerdes que te has dejado abierto el grifo de la ducha, o quizás vueles hasta una playa desierta.
Estirar ligeramente la pierna para atarse los botines lentamente una vez que estás vestida, peinada, perfumada… Levantarse y con paso decidido cerrar con un portazo. Sentirse Gulliver en el país de Lilliput.


Escrito el 9 de Junio de 2006 |
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